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Un estudio elaborado por la Universidad de Granada para la Dirección General de Tráfico (DGT) analiza cómo los trastornos de salud mental influyen en la capacidad para conducir y en el riesgo de sufrir accidentes. La investigación refuerza una idea clave: la prevención de riesgos no solo depende de factores físicos o técnicos, sino también del estado emocional y psicológico de las personas al volante.

¿Qué concluye el estudio?

Los trastornos como la depresión, la ansiedad o el estrés afectan directamente a habilidades clave para conducir, como la atención, el tiempo de reacción o la toma de decisiones. Esto se traduce en un mayor riesgo de siniestralidad, llegando a aumentar hasta un 72% la probabilidad de verse implicado en un accidente.

El estudio también destaca que no solo influyen los síntomas, también los tratamientos. Algunos medicamentos como los sedantes, pueden provocar somnolencia o pérdida de reflejos, aunque un tratamiento adecuado ayude a mejorar la capacidad funcional de la persona conductora. Estas condiciones son variables en el tiempo, por lo que la aptitud para conducir puede cambiar según el estado de la persona, reforzando la necesidad de evaluaciones periódicas.

Un problema infravalorado

El informe también pone el foco en una brecha importante: aunque los problemas de salud mental afectan a alrededor del 34% de la población española, solo un 0,63% de los conductores declara estas condiciones en los reconocimientos médicos.

En definitiva, las conclusiones apuntan a la necesidad de mejorar los sistemas de evaluación psicofísica y de integrar la salud mental en las políticas de seguridad vial.